La nada empezó por ella, nada en sus ojos, nada en su boca, nada en sus voz, nada en su aliento, nada en su piel... era obvio que entre los dos ya no había nada.
Luego la nada se fue apoderando de todo lo que lo rodeaba, empezó por la ciudad: nada en la ciudad, nada en el bus, nada en el auto, nada en su trabajo, nada en la radio, nada en la televisión, nada en los libros...
Se preocupó él entonces, subió al ático interior de sí sismo, desempolvó aquel viejo baúl donde él solía guardar sus recuerdos y pocos sentimientos; pero al abrirlo no los encontró, estaba vacío...
Por último, en busca de calmar su creciente desespero, quiso él mirar su futuro, echar una mirada hacia delante, ver acaso un poco más allá del mañana, tal vez unas horas, unos días, unos meses, unos años... pero allí no encontró siquiera su propia nada, no divisó al menos el mas pequeño rastro de ella.
Entonces en ese preciso instante, su destino se cumplió.